Caminaba de noche junto al Guadalquivir, bajo una luna que convertía en corriente de plata derramada sus aguas. Bebía de ellas y alimentábase de jaramagos y aceitunas resecas. Le acompañaban los sonidos de la fauna nocturna, escarceos de autillos o solitarios cucos que enmudecían con los aullidos del lobo. Deseaba morir. Pudo más la cobardía que el amor. Al descansar bajo las frondas lloraba con amargura y solicitaba a Dios que le abandonara y cediera su tiempo a Lucinda. Encontraba consuelo en cerrar los ojos e imaginar que se hundía en la tierra para quedar enredado entre raíces. Se creía entonces protegido en un vientre de arcilla que borraba sufrimiento y formas. No quería salir de allí pero se descubría al poco andando frenético siguiendo el curso del río.
Cortesanas sin corte, hidalgos callosos, timoneles de tierra, procaces clérigos, banqueros arruinados, toreros, pillos, labriegos, el más inverosímil paisanaje formaba ante si la población de esto que llamaban ciudad. Además de ello, las aguas más amplias que nunca, el ventajoso clima y los vestigios de antiguos pobladores, hacían de Sevilla lugar de asombro constante y puntal de nuevas vidas. La dársena por el contrario estaba tranquila. Un galeón embarrancado en la lengua de arena de Sanlucar alentó a los marineros a tomar bajeles para ayudar a su descarga. Aprovechando la escasa vigilancia cruzó la pasarela y se adentró en un inmenso navío. Allí, en la repleta bodega oculto entre sacos de trigo y una cuaderna, pudo ver cumplido su anhelo de desaparecer.
Días imprecisos de bamboleos y hedores de sentina y estiércol. Inerte, en postura fetal, dejaba pasar la horas sin apenas respirar. Fue descubierto tras realizar la aguada en la Gomera. Rudas manos le condujeron a cubierta. No entendió los gritos que pedían arrojarlo al mar o colgarlo del trinquete. Sin apenas poder tenerse en pie su mirada, más celeste que nunca, se perdía en la admiración de la inmensa mar. Nunca vio nada semejante, por un instante olvidó toda su aflicción, y se sintió afortunado viendo el azul inmenso donde los refulgentes rayos del sol arrancaban resplandores dorados. El alboroto llamó la atención del almirante que imponiendo su mando ordenó que lo condujeran a su camarote tras proveerle de ropas y viandas.

Don Gabriel Curucelaegui, almirante del Santo Espíritu, era un hombre avejentado por la vida marina y el cansancio. El mal afeitado unido al porte seguro, al vozarrón grave y a la piel cuarteada por salitres de todos los mares le daban una apariencia terrible, como si el trato con él hubiera de transcurrir por vericuetos de miedo y obediencia ciega. Quizás eso explicara los temblores del muchacho cuando fue conducido a un austero pero amplio despacho tapizado en tela. No tardó en entender el almirante que lo que tenía enfrente no era el polizón habitual. A su conclusión le ayudo mucho que el joven no quitara ojo de un estante donde se apilaban libros.
- ¿Y vos, sabes leer? Debo entregarte a la Justicia nada más tocar puerto, ¿Entiendes?
- Sea como fuere señor y sí, si se leer. Las letras han sido mi mundo, me dieron mi único goce exceptuando...- calló por poco tiempo el muchacho -.
Sintió desahogo al contar su desventurada vida, el impetuoso y fatal carácter. Fue la desesperación pero también cierta cadencia paterna en el hablar del marino la que le dio la confianza para explayarse. De inmediato se hizo el trato, pacto de solitarios cultos. Mientras estuviera a bordo se ganaría el sustento siendo el lector del Almirante dado que su agotada vista emborronaba los textos impidiéndole deleitarse con la lectura.
Al tiempo en que el barco dejaba estelas de espuma se desentrañaban historias de marinos primigenios que a su regreso fueron reconocidos nada más que por su perro, de aventureros a lomos de cabalgaduras raquíticas que arremetían molinos y hacían surgir risas y confidencias entre ellos.
La tarde en la que por vez primera se vislumbraron pájaros, el almirante le dijo. "No puedo jugarme lo que me queda de prestigio, ni tampoco tenerte en el navío que frecuentan alguaciles e inquisidores. Esta noche serviré vino a la tripulación por lo que con las primeras luces del alba no habrá nadie despierto. Mañana avistaremos tierra, te acercaré en barca y te proveeré de un zurrón".
Con la claridad la mar susurraba melodías que se apagaban en la niebla, la barca se mecía con suavidad, acunando a sus pasajeros. "Quizás sea lo conveniente para alguien que quiere nacer de nuevo", pensó. Al despedirse no pudo evitar un sofoco por Don Gabriel, el adulto que mejor le trató.
Sus primeros pasos por la playa tropical le asombraron, de la espesura llegaban estruendo de animales nuevos. Anduvo en la dirección señalada sin saber que en el zurrón llevaba unos doblones, la dirección a la que presentarse y la Odisea.
Se afirmaba la mañana, la bruma comenzaba a desvelar islas y paraísos de infinitos matices verdes. Le llamaron Sebastián Guerrero, nombre que ahora entierra, cuenta con dieciseis primaveras.
¡Bruma, oh bruma, hazme renacer como una criatura nueva!
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Fotos propias y de Nahuyaca.